El lobito bueno – José Agustín Goytisolo

Érase una vez
un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos.

Y había también
un príncipe malo,
una bruja hermosa
y un pirata honrado.

Todas estas cosas
había una vez.
Cuando yo soñaba
un mundo al revés.

Once there was
a good wolf
who was bullied
by all the lambs.

And there was
a bad prince,
a pretty witch
and an honest pirate.

All these things
once were found
when I dreamed a world
the other way round

I adore this poem, I won’t even try to conserve any of its beauty in the English translation because I am not a poet and wouldn’t know where to begin. Instead I’ve translated, as far as I am able, sense for sense, mostly at the expense of rhyme and rhythm.

If anyone would like to try a poetic translation I would love to read it in the comments!

felt-animal-gray-wolf-waldorf-toy_251_general

Literature – Julio Torri

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.

La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.

 

The novelist, his sleeves pulled up, put a piece of paper in his typewriter, numbered it, and prepared to describe pirates boarding a ship. He wasn’t familiar with the sea, nevertheless, he was going to paint the southern seas, turbulent and mysterious; he’d never in his life dealt with anyone apart from middling employees and dark peaceful neighbors, but now he had to say what pirates were like: he heard his wife’s goldfinches chirp, and in that moment he filled the somber and unnerving skies with albatrosses and giant marine birds.

The battle that he fought with predatory editors and an indifferent public seemed to him his boarding; the misery that threatened his home, the brutish sea. And when describing the waves upon which bobbed corpses and broken masts, the miserable writer thought about his life without triumph, governed by deaf and inevitable fate, and in spite of everything fascinating, magical, supernatural.

*en mangas de camisa – literally: in shirt sleves – is an old fashioned way of saying you aren’t wearing a jacket and so you’re dressed informally and ready for work.

This story uses the words “deaf” and “dark” very unusually, these words are more or less the same in English and Spanish so I´d love to hear some interpretations as to why he chose these particular words.

The translation is not in the public domain. All rights reserved.

The Princess´s Lice – Los piojitos de la princesa – Anonymous Sweedish Author

.


.


Las princesas son, en medio de todo, infelices criaturas. Solamente pueden jugar con sus iguales, de éstos hay, en verdad, muy pocos.

Por eso, la pequeña princesa tenía que lanzar completamente sola su pelota de oro al aire y volverla a coger de nuevo, cuando salía a jugar en el jardín del palacio. Pero esto la aburría.

Un día, desde el otro lado del muro, llegó hasta ella el rumor de alegres risas. La princesita escuchó, y luego miró hacia la camarera que la vigilaba. Ésta se hallaba sentada en un banquillo; pero era evidente que estaba a punto de dormirse, pues el tiempo era bochornoso: tan pronto llovía como hacía un calor sofocante. En este momento se cerraron los ojos de la doncella. La pequeña princesa conocía la puertecilla que había en el muro. Pero sabía también que un soldado la guardaba constantemente.

Pero, ¡oh suerte! También el soldado se había dormido un poco en su garita, a causa del bochorno. Así pudo deslizarse la princesita como un ratoncillo, sin ser vista. Con curiosidad miró calle arriba, calle abajo. Un niño y una niña estaban sentados en el bordillo de la acera, entretenidos en hacer correr barquitos de papel en un arroyo de la calle. Con las puntas de los pies descalzos o con bastoncitos de caña, desviaban los barquitos que querían deslizarse en la alcantarilla. Sin embargo, si esto sucedía, reían fuertemente los dos muchachos, y él hacía entonces un nuevo barquito. Nunca había visto la princesa un juego tan agradable y entretenido como aquél.

-¿Puedo jugar con ustedes? -les rogó la princesita.

-Por mí… -dijo el muchacho.

-Sí, con mucho gusto -dijo la muchacha.

Entonces abrazó la princesa a la muchacha y se sentó junto a ella en el bordillo de la acera. Parecía que ahora empezaba para ella una nueva vida, y esta maravilla duró casi media hora. Hasta que de pronto se oyó gritar detrás del muro:

-¡Princesa! ¡Princesa!

Al punto se abrazaron las dos muchachas, y la princesa dijo:

-¡Qué lástima que no pueda quedarme siempre a tu lado!

Acompañada por siete doncellas, regresó de nuevo la hija del rey a palacio, y tras ella marchaba el soldado. En el palacio se llevaban las doncellas las manos a la cabeza y gemían con desconsuelo:

-¡Ha jugado con niños de la calle! ¡Desnúdenla y arrojen todos los vestidos al fuego!…

Después la bañaron cuidadosamente. Pero cuando comenzaron a peinarle los cabellos, lanzó la primera doncella un fuerte grito.

-¿Qué te ocurre? -preguntó la princesa, compasiva.

-¡Terror sobre terror! -lamentó la doncella, y pidió a gritos una bandeja de oro.

Sobre ella colocó un pequeño puntito de color pardo, que se agitaba alegremente.

Luego reunió a las demás doncellas del servicio de la princesa. Todas se inclinaron sobre un diminuto animalillo, y la más vieja sentenció, llena de espanto:

-Es un piojito. Lo ha cogido de la andrajosa muchacha. ¡Al fuego con él!

Pero entonces exclamó la princesita:

-¡No es ninguna muchacha andrajosa! Es mi amiga. Y el piojillo quiero conservarlo yo. No ha de ir al fuego.

Entonces se desmayaron las siete doncellas al oír semejantes cosas. La princesa, sin embargo, se apresuró a ir con la bandeja de oro hacia la reina:

-Reina, querida madre. ¡Quieren quitarme el piojito, el regalo de mi amiga! -exclamó.

Entonces se desmayó también la reina, y se llamó apresuradamente al rey. Éste se echó a reír cuando supo de qué se trataba y dijo:

-Princesa, princesa, ¡Ese pequeño animalito muerde!

Hizo una seña a un soldado, y éste se llevó la bandeja de oro en que estaba el piojito. La princesita, entonces, comenzó a llorar amargamente, y no había manera de consolarla.

Como al tercer día aun siguiera llorando, hizo venir el rey a su orfebre, que era un hombre hábil y famoso en su oficio. El rey le ordenó que hiciera para la princesa un piojo de oro, el cual resultó en extremo maravilloso. Pero la princesita arrugó, al verlo, la naricilla y dijo:

-Éste no puede andar.

Entonces ordenó el rey al orfebre que hiciera otro piojillo de oro que pudiera caminar. El orfebre se dio gran maña y, después de siete días de trabajo, pudo regalar el rey a su hija un magnífico piojillo que corría con sus seis ligeras patas. La princesita gritó de júbilo, y puso el piojillo sobre sus rizos. ¡Oh! ¡Cómo cosquilleaba! La princesita reía, y el rey exclamaba lleno de alegría:

-¡Orfebre, tú has de hacer cien de estos piojitos para la princesa!

Así se hizo, como el rey mandaba, y nadie se sentía más feliz que la princesa. Pero sólo duró tres días esta felicidad. Al cuarto día, dejó caer la triste cabecita y se lamentó:

-Mis piojitos pueden caminar, pero no pueden morder. ¡Qué bien lo tienen los niños que viven fuera del palacio!… Sus piojillos muerden.

En su terquedad, no quiso ver ya siquiera los cien dorados animalitos que traía el orfebre. Los encerró todos en una cajita y los lanzó en amplio círculo por encima del muro del palacio.

Allí estaban jugando como siempre los dos pilletes: el niño y la niña de las barquitas de papel. La chiquilla abrió la cajita y comenzaron a huir de allí todos los piojitos de oro. Tan rápidos corrían, que cada uno de los dos muchachos sólo pudo atrapar a uno de ellos. Luego los llevaron a sus padres.

¡Cómo se asombraron éstos del hallazgo! Los dos piojitos de oro no sólo podían caminar, sino también buscarse para bailar los dos juntos. El padre, un diestro afilador de cuchillos y tijeras, se dio cuenta enseguida de que estos animalitos eran muy valiosos. Por temor de que el rey pudiera hacerlos buscar de nuevo, se trasladó con su familia a otro país. Esto le era fácil, pues vivían en un carro, y medios para poder vivir apilando cuchillos y tijeras los hay en todos partes.

En el país extranjero a que llegaron fueron admirados también grandemente los habilidosos animalitos. Tanto, que el rey de aquel país oyó hablar de ellos como de algo maravilloso. Entonces mandó llamar al afilador de tijeras y le compró por una gran suma los dorados piojitos bailadores.

¿Pueden imaginarse lo que, ante todo, se compraron los vagabundos con este dinero? Un peine muy fino. Con él peinó la madre los cabellos de sus hijos y sacó de ellos todos los piojitos. Desde entonces no tuvieron ya que rascarse más y pudieron dormir en adelante tranquilos. No podía negarse que eran la gente más feliz de este mundo.

La princesa lamentó, sin embargo, durante toda su vida que el orfebre del rey no fuera capaz de fabricar piojitos que no sólo caminaran y bailaran, sino que pudieran también morder.

Sí, sí; así son las princesas.

Escribidme si sabéis quien lo ha traducido al español.

Princesses, in spite of everything, are unhappy creatures. They can only play with their equals, who are, in truth, few and far between. For this reason, when the little princess went out to play in the palace garden, she had to throw her gold ball in the air and catch it again all by herself. This bored her.

One day the sound of delighted laughter reached her from the other side of the wall. She listened, then looked towards the servant who was watching her. She was found to be sitting on a bench; however it was clear that she was about to fall asleep, after all the weather was stifling: one minute it rained the next it was unbearably hot.

Just then the housemaid closed her eyes. The little princes knew of the little door in the wall. On the other hand, she also knew that it was always guarded by a soldier.

But, what luck! The soldier too had dozed off at his post, due to the heat. So the little princes was able to slip out like a little mouse, without being seen. She looked up and down the street with curiosity. A boy and a girl were sitting on the kerb, entertaining themselves by making paper boats run down the street gutter.

Using their bare toes or a cane they steered the boats away from the drains. However, if that did happen, they laughed happily, and the boy made a new boat. The princess had never seen such an agreeable and entertaining game.

– Can I play with you? – The princess asked.

– If it’s up to me.. – answered the boy.

– Yes, we’d be delighted – said the girl.

Then the princess hugged the girl and sat next to her on the kerb. It seemed to her a new life had begun, and this marvel lasted half an hour. Until suddenly she heard shouts from the other side of the wall:

– Princess! Princess!

The two children and the princess hugged on the corner

– What a pity I can’t stay with you forever!

The daughter of the king returned to the palace accompanied by seven servants, and followed by the soldier. In the palace the maids buried their faces in their hands and groaned with affliction:

– She played with street children!

Take off her clothes and throw them on the fire!

They took great care to bathe her well. But when they started to comb her hair the first maid gave a great shout.

– What’s wrong? – Asked the princess, worried.

– Terror of terrors! – said the maid, shaking her head, and shouted for a golden bandage.

On it she placed a little spot of a greyish colour, which pottered about joyfully.

Later, the rest of the princess’s maids bent forward to look at the tiny little animal, and the oldest of them pronounced with fear:

– It’s a louse. She got it from that raggedy girl. Throw him in the fire!

– She’s not a raggedy girl! Exclaimed the princess.

– She’s my friend. And I want to keep the louse. He’s not to go in the fire.

The seven maids fainted upon hearing such a thing. The princess, however, hurried to the queen with the golden bandage.

– Your majesty, Mama. They want to take my little louse, my friend’s present!

The queen also fainted so she called her father, who started to laugh when he heard what was happening and said:

– Princess, princess, this little animal bites!

He made a gesture to a guard, who took away the golden bandage on which sat the little louse. The princess started to cry bitterly, and there was no consoling her.

When on the third day she was still crying, the king called his goldsmith, a man famously talented in his profession. The king ordered him to make a golden louse for the princess, which turned out absolutely marvellously. But upon seeing it the princess frowned.

– That one can’t walk.

So the king ordered the goldsmith to make another golden louse, one which could walk. The goldsmith used all his skill and, after six days of work, the king was able to give his daughter a magnificent louse which ran with all six of his light legs. The princess shouted for joy, and put the louse on her head. Oh! How he tickles! She laughed, and the king shouted with joy:

– Goldsmith, you have to make one hundred of these lice for the princess!

And so it was, as the king had ordered, and nobody was happier than the princess. But this happiness only lasted three days. On the fourth day she allowed her sad head to droop and she cried:

– My lice can walk, but they can’t bite. How lucky those children who live outside of the palace are! Their lice bite.

Out of stubbornness she refused to even see the one hundred little golden animals that the goldsmith brought. They were all locked in a box and thrown over the wall of the palace.

As usual the two scamps were playing there: the boy and the girl with the paper boats. The girl opened the box and all of the little lice started to run out. They ran so fast that each of the children was only able to catch one. Then they brought them to their parents.

How surprised they were by the find! The two little golden lice could not only walk, but find each other and dance together. The father, an able knife and scissor sharpener, noticed immediately that these animals were very valuable. Out of fear that the king would come looking for them, he and his family moved to another country.

This was easy, since they lived in a wagon, and had means of living, considering there are knives and scissors everywhere.

In the new country everyone admired the agile little animals. Even the king of that country heard tell of them as something marvellous. He summoned the scissors sharpener and bought the two golden dancing lice for a large sum of money.

Can you guess what was the first thing the vagabonds bought? A very fine comb. The mother combed her children’s hair and removed all of the lice. From then on they never had to scratch and they were able to sleep soundly. They were undeniably the happiest people on earth.

The princess, however, regretted for the rest of her life that the king’s goldsmith wasn’t capable of creating lice that not just walked and danced, but also bit.

Yes, yes. That’s what princesses are like.

The author may be anoymous but the translation is mine and wasn’t easy so don’t take it please.

El sueño de un reo de muerte – Armando Palacio Valdés

UNA mañana, al salir de casa, hirió mis oídos el repique agudo y estridente de una campanilla. Llevé la mano al sombrero y busqué con la vista al sacerdote portador de la sagrada forma; pero no le vi. En su lugar tropezaron mis ojos con un anciano, vestido de negro, que llevaba colgada al cuello una medalla de plata; a su lado marchaba un hombre con una campanilla en la mano y un cajoncito verde en el cual la mayoría de los transeúntes iban depositando algunas monedas. De vez en cuando se abría con estrépito un balcón, y se veía una mano blanca que arrojaba a la calle algo envuelto en un papel; el hombre de la campanilla se bajaba a cojerlo, arrancaba el papel, y eran también monedas que inmediatamente introducía en el cajoncito verde: cuando levantaba la vista al balcón, estaba ya cerrado. Lo adiviné todo.

ONE morning, upon leaving my home, my ears rang with the sharp, shrill sound of a bell. I rose my hand to my forehead and looked around for the the priest baring the holy communion but I didn’t see him. Instead I my eyes came upon an old man, dressed in black, who wore a sliver medal round his neck; at his side marched a man with a little bell in his hand and a little green box in which the majority of the people passing had been depositing coins. Once in a while a window would be opened with a creek and a white hand would throw something wrapped in paper down to the street; the man with the little bell would bend down to pick it up, tear off the paper, and find more coins which he would immediately introduce into the little green box: by the time he raised his eye to the window, it was always closed. I guessed all.

Puedes leer el resto de la historía aquí: http://cuentos.eu/el-sueno-de-un-reo-de-muerte/

 

Alfonzo

Rebecca Bourke

There was a smudge on the glass case. She pulled her sleeve up over her small hand to wipe it, but it was on the inside. From the corner she heard a security guard tut. She pulled the hand away and smiled apologetically, then went back to contemplating the sad down-turned eyes of the bear.
Did he miss his owner?
It said on the little card by his side that he’d been commissioned by the Grand Duke George Mikhailovich of Russia for his daughter in 1908 and bought at auction in 1989 for £12,800.
“Do you think he’s lonely?” she asked her mother, gripping her hand.
“Lonely? Don’t be silly!” she answered, but seeing the sincere and worried expression of her daughter she added:
“How could he be lonely in a museum filled with bears?”
The little girl and her family left at closing time, and she had been so like his Xenia.

Había una mancha en la vitrina. Arrastró la manga sobre su pequeña mano para borrarla, pero estaba por dentro. Desde el rincón oyó al guardia de seguridad chasquear la lengua. Quito la mano y sonrió, disculpándose, entonces volvió a contemplar los tristes ojos caídos del oso de peluche.
¿Echaría de menos a su dueña?
Se ponía en el cartoncito a su lado que el gran duque de Rusia Jorge Mijailovich lo había encargado para su hija en 1908 y en 1989 el museo lo compró por £12,800.
“¿Piensas que se siente solo?” le preguntó a su madre, agarrando su mano.
“¿Solo? ¡No seas tonta!” le respondió, pero cuando vio la expresión sincera y preocupada de su hija añadió:
“¿Cómo podría sentirse solo en un museo lleno de osos?”
La pequeña y su familia se fueron a la hora de cierre, y ella había sido tan parecida a su Xenia.

0_a80e3_962779f6_L

Any differences between the two texts are intentional, but other alternatives welcome. Any grammar, punctuation or spelling mistakes are certainly not intentional and all corrections even more welcome.

Aside

Bird in the Snow – Armando Palacio Valdés

.

Era ciego de nacimiento. Le habían enseñado lo único que los ciegos suelen aprender, la música; y fue en este arte muy aventajado. Su madre murió pocos años después de darle la vida; su padre, músico mayor de un regimiento, hacía un año solamente.

Tenía un hermano en América que no daba cuenta de sí; sin embargo, sabía por referencias que estaba casado, que tenía dos niños muy hermosos y ocupaba buena posición.

El padre indignado, mientras vivió, de la ingratitud del hijo, no quería oír su nombre; pero el ciego le guardaba todavía mucho cariño; no podía menos de recordar que aquel hermano, mayor que él, había sido su sostén en la niñez, el defensor de su debilidad contra los ataques de los demás chicos, y que siempre le hablaba con dulzura. La voz de Santiago, al entrar por la mañana en su cuarto diciendo: «¡Hola, Juanito! arriba, hombre, no duermas tanto,» sonaba en los oídos del ciego más grata y armoniosa que las teclas del piano y las cuerdas del violín.

¿Cómo se había trasformado en malo aquel corazón tan bueno?

Juan no podía persuadirse de ello, y le buscaba un millón de disculpas: unas veces achacaba la falta al correo; otras se le figuraba que su hermano no quería escribir hasta que pudiera mandar mucho dinero; otras pensaba que iba a darles una sorpresa el mejor día presentándose cargado de millones en el modesto entresuelo que habitaban: pero ninguna de estas imaginaciones se atrevía a comunicar a su padre: únicamente cuando éste, exasperado, lanzaba algún amargo apóstrofe contra el hijo ausente, se atrevía a decirle: «No se desespere V., padre; Santiago es bueno; me da el corazón que ha de escribir uno de estos días.»

El padre se murió sin ver carta de su hijo mayor, entre un sacerdote que le exhortaba y el pobre ciego que le apretaba convulso la mano, como si tratase de retenerle a la fuerza en este mundo. Cuando quisieron sacar el cadáver de casa sostuvo una lucha frenética, espantosa, con los empleados fúnebres. Al fin se quedó solo; pero ¡qué soledad la suya! Ni padre, ni madre, ni parientes, ni amigos; hasta el sol le faltaba, el amigo de todos los seres creados.

Pasó dos días metido en su cuarto, recorriéndolo de una esquina a otra como un lobo enjaulado, sin probar alimento.

La criada, ayudada por una vecina compasiva, consiguió al cabo impedir aquel suicidio: volvió a comer y pasó la vida desde entonces rezando y tocando el piano.

Blind from birth, he’d been taught the only thing usual for a blind person to learn: music, and in this art he was gifted. His mother died a few years after his birth; his father, the best musician in his regiment, just a year ago.

He had a brother in America who he never heard from, though he had it on good authority that he was married, had two charming sons, and held an important position.

His indignant father, while still alive, did not so much as bear the name of this ungrateful son spoken; but he himself still bore him a great deal of affection, remembering how this elder brother had been his support throughout his childhood and his defence against attacks from stronger boys.
He remembered also the sweet voice of Santiago, entering his room in the morning “Hello, little Juan! Up you get! Don’t sleep so much!”. It sill rang in his ears more pleasant and harmonious than piano keys or violin strings.

How had such a good heart turned bad?

Juan could not believe it, finding for him a million excuses: sometimes he would blame the post, other times he reasoned that his brother didn’t want to write until he had a large sum of money to send, or that he was waiting to surprise them some fine day, showing up in their modest flat weighed down with presents. Yet he never dared to express these fancies to his father. Except for one occasion, when his exasperated father was launching some bitter curse at his absent son, he dared to say: “Do not despair, dear father, Santiago is good, my heart tells me he will write one of these days”

His father died without a card from his elder son, between a priest who encouraged him and the poor blind boy who squeezed his hand tightly, as though trying to forcibly keep him in this world. When the body was to be removed from their home, the son, frantic, put up a horrifying fight against the employees of the funeral parlour.
In the end he was left alone, but what kind of solidarity was this? With no father, no mother, no family, no friends, he didn’t even have the sun, the friend of all living creatures.

He spent two days without eating, shut up in his room, pacing from one corner to the other like a caged wolf.

The maid, with the help of a sympathetic neighbour, managed to prevent this suicide. He started to eat again and spent the rest of his life praying and playing piano.