Fragmento de Entre manzanos – Alfonzo Camín

No solamente yo estudiaba en la escuela; estudiaba en la casa, en el prado cuidando el ganado y hasta cuando iba montado en el burro rumbo al molino, un asno de mala casta, enterizo y cerril, que, al morirsenos la burra vieja, lo compró mi padre no sé dónde, por cuatro cuartos, cuando aún no era para montar y tenía una lana tan larga como el carnero de los Aguirre. Tardó mucho en dejarse montar y unca fue asno de buena ley. Era un catedrático en dar saltos y en tirar al jinete, cuándo por sobre las orejas, cuándo por sobre el trasero, despidiéndolos con dos coces y yéndose lejos, a trote largo, las orejas altas, los ojos avizores y un gran relincho victorioso.

Me hice tan famoso en el pueblo, en esto de amansar burros, que de todos los entornos venían los vecinos a encagarme la doma de un burro nuevo. Los llevaba a un prado, casi siempre el de Pepón, los montaba muy hacia delante, les metía las piernas entre los remos delanteros y cuando el burro quería tirarme, le echaba yo la zancadilla, perdía fuerza y era él el que se caía y yo sobre él, muy cómodo, y abierto de piernas, riendo a mandíbula.

Los domaba en siete u ocho jornadas, venían muchos a verme como en el boxeo, en el teatro, o cuando hay un crimen, y me pagaban dos pesetas de plata enteriza por cada asno que lograba que entrase en razones.

– ¿Ya está domado?
– Creo que sí.

Con estas pesetas no solo compré un cartapacio y los libros que me indicaban, una caja de dibujo con todas las herramientas, brillantes como la plata, sino que mi madre me compró una tela de mahón y me hizo un traje de chaqueta muy entallada, muy cerrada de cuello, y con los pantalones de los llamados “abotinados”, con el que fui a la romera de la Asunción y cuentan que estaba muy majo. La boina me la había comprado el tío Blasín, a cambio de tres “ñervatos” tiernos que le entregue de un nido, y la llevaba yo engallada, inclinándola sobre la frente, como suele el gallo poner la cresta, mandón entre las gallinas.

El que temprano anda suelto, es muy dificil de atar. Yo era un niño que andaba entre hombres. Tenía que ser hombre antes de tiempo. De ahí que me fuese de cortejo, después de la escuela nocturna. Y de ahí también que mi padre me esperase detrás de la puerta con la estaca en la mano. Se levantaba en escarpines y en las noches de invierno le atenazaba el frío . Sin querer, estornudaba, tosía fuerte, y yo, que tenía un oído de lince, me daba cuenta y no entraba en casa. Me iba de puntillas y dormia en la “tenada”, entre la hierba seca del ganado. A veces me daba pena, porque mi padre seguía en “escarpines” hasta la una o las dos de la noche, esperando a que yo llegase para darme la zurra . Pero entre la pena y la zurra, yo me quedaba con la pena.

Mi madre, en las mañanas de frío, nos hacía unas sopas de ajo, sopas de casa pobre, antes de partir mi padre al trabajo. Ahora éramos dos, camino de la cantera. Mi padre, a veces, rechazaba las sopas de ajo, reclamando les fabes requemadas que habían quedado de la cena. Mi madre las recalentaba y, cuando el compango brillaba por su ausencia, que era casi siempre, solía mi padre comerlas, con este estribillo: por la mañana, boroña y fabes, al medio día, fabes con berces; a la noche, fabes con torta,¡anda, Xuan, machaca les piedres! Con todo y este humorismo, mi padre creía en les fabes como el creyente en Dios. Toda su fuerza para el trabajo la achacaba a les fabes, repitiendo que yo jamás sería un hombre fuerte, porque huía de ellas no siendo en los días de fiesta, cuando llevaban su guarnición de tocino, lacón, chorizo y sabrosa morchilla.

En realidad, yo acudía a la escuela de pascuas a Ramos, tanto por el miedo que comenzaba a tenerle al maestro como por valerse mis padres de mí para los trabajos de casa y de afuera. Antes de ir a trabajar a los caleros y a las canteras de Contrueces, nunca se me tuvo ocioso, a no ser cuando yo tomaba el ocio por mi cuenta y me costaba lo mío, pues, la madre daba cuenta al padre y el padre tomaba la verdasca en la mano. En esto, mi padre se parecía bastante al maestro de Roces.

Esto de partir para la Habana era cosa seria y daba mucho que hacer, lo mismo a mi que a los demás. Era de más embarazo que partir para la guerra. Las madres lloraban lo mismo cuando se embarcaba la juventud para América que para Marruecos. Lo que indicaba que se volvía tarde o que no se volvía jamás. Yo pensaba, más que todo, en el “Muley”. En el “Muley” que estaba lejos y en mi madre que estaba cerca. Mi madre me miraba de hito en hito, daba la vuelta y lloraba por los rincones para que yo no la viera.

 

 

I didn’t just study in school, I also studied at home, in the meadow minding the cattle, and even while I rode the donkey to the mill, a mongrel ass, intact and unbroken, which was bought by my father for next to nothing, who knows where, when our old donkey died on us, and when it was still too small to ride and had hair as long as an Aguirre Ram’s. It was a long time before it let us ride it and was never well behaved. It was a master in rearing up and throwing off the rider, sometimes over its ears, sometimes over its rear, sending them off with two kicks and trotting away, with a glint in its eye and a victorious whinny.It made me famous for training the town over, so much so that neighbours from surrounding areas came and entrusted me with the task of domesticating their new donkeys. I’d take them to a meadow, almost always the one in Pepón. I’d mount each one very far forward, hook my legs between his forelegs and when he wanted to throw me off I’d trip him up, he’d weaken, and it would be him that fell, and me on top of him, quite comfortable, and with my legs open, laughing my head off.

I’d have them broken in seven or eight days, many people coming to watch as if it were a boxing match, a theatre performance, or a crime scene, and I was paid two whole silver pesetas for every ass that I managed to make see reason.

– Is it tame yet?

– I think so.

Not only did I buy a notebook, the books I needed, and a drawing case with every type of tool, each one shining like silver, but my mother bought Nankeen cloth and made me a suit with a jacket that closely fit my neck and waist, and with something called “ankle trousers”, which I wore on the feast of Assumption, and everyone said was very nice. My cap had been bought for me by my uncle Blasín, in exchange for giving him three tender thrushes in a nest, and I wore the jacket haughtily, puffing out my chest like a rooster, bossing about the hens.

Those who wander free early, aren’t easily tied down. I was a boy who walked among men. I had to be a man before my time. I suppose that’s why I went out romancing, after night class, and also why my father waited for me behind the door with his cane in his hand. He’d get out of bed in his slippers and on the winter nights the cold tormented him. Without wanting to, he would sneeze, cough, and I, with my lynx-like hearing, would notice and not go inside. I’d tiptoe to the shed and sleep there, on the cattle’s hay.

Sometimes I’d pity him, because he’d be waiting there in his slippers until one or two in the morning, waiting for me to come home so he could give me a hiding. But between pity and a hiding I chose pity.

On cold mornings my mother would make us garlic soup, poor man’s soup, before my father left for work. Now we went together. Sometimes my father would decline the garlic soup, complaining about the burned beans left over from dinner. My mother would reheat them, and when the compango was notable by its absence, which was almost always, my father used to eat them, with this refrain: in the morning, corn and beans; at midday, beans and cabbage; at night, beans and cake. Off you go, Xuan, Break rocks! For all his jokes, my father believed in beans like a religious person believes in God. He attributed all his energy for work to beans, repeating that I would never be a strong man, seeing how I avoided them except for special occasions, when they had their garnish of bacon, lacón gallego, chorizo and delicious black pudding.

In reality, I went to Pascuas Ramos school, as much for the fear I was beginning to feel for the master as for the use my parents were making of me for chores inside the house and out of it. Before going to work with limestone and the in quarrys of Contrueces, I never had any free time, except when I stole it, and I paid for that, because my mother would notice and my father would take the stick to me. In this way, my father was very much like the master in Roces.

All this about leaving for Havana was serious business and required a lot of work, just as much for me as for anyone else. It was even more bothersome than going off to war.

Mothers cried just as much whether their offspring went to America or Morroco. A choice which indicated whether they’d come back late or not at all. I thought, more than anything, of the“Muley”. Of the “Muley” who was far away and of my mother who was close by, my mother, who would stare at me, turn her back, and cry in the corners so I wouldn’t see her.

http://es.wikipedia.org/wiki/Compango – Compango

https://en.wikipedia.org/wiki/Lac%C3%B3n_Gallego -Lacón Gallego

http://www.hoy.com.do/el-pais/2003/12/7/6820/print – Muley

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